Los Mitos de la Independencia Argentina II

Concluí el artículo anterior planteando cuatro preguntas para las que los libros de historia argentina no tienen una respuesta. La razón es muy simple. Responder estas preguntas en base a un análisis desapasionado de los hechos, los testimonios y los documentos disponibles, derrumba los mitos sobre los que sustenta la “historia oficial” de la independencia argentina.

El primero de esos mitos es que San Martín fue el “Padre de la Patria” y que gracias a ÉL Argentina se constituyó en una nación independiente. De aquí se deriva una conclusión palmariamente absurda: si no hubiera sido por ÉL no existiría la República Argentina (quedan siempre las dudas respecto a quien fue la madre). El segundo mito es que San Martín fue el “Libertador de América” por haber concebido y ejecutado (supuestamente de manera exitosa) un “plan continental” para independizar al resto de las colonias españolas. De este mito se derivan sin mucha lógica o evidencia dos conclusiones. La primera es que ese plan fue beneficioso para la República Argentina. La segunda es que por haberlo concebido y ejecutado San Martín merece ser considerado uno de los grandes genios militares de la historia.

Retrato_más_canónico_de_José_de_San_Martín.jpg

Gracias a su repetición constante durante más de un siglo, estas “verdades” o dogmas ya se han incorporado a nuestra historia y cultura como verdades reveladas que no pueden, ni deben, ser cuestionadas. Hacerlo supuestamente atenta contra la noción misma de la argentinidad. Esta última idea es tan errónea y perniciosa como las anteriores. Sin embargo, cualquiera que tenga el atrevimiento de cuestionarlas, como quien esto escribe, corre el riesgo de ser acusado de traición, ignorancia y/o falta de amor a la patria.

En la tarea que me propongo me siento bastante identificado con Freud, quien en Moisés y la religión monoteista planteó, de manera muy convincente por cierto, la tesis de que Moisés no era de origen judío sino egipcio. Freud era consciente de lo que esto significaba:

Quitarle a un pueblo el hombre a quien honra como al más grande de sus hijos no es algo que se emprenda con gusto o a la ligera, y menos todavía si uno mismo pertenece a ese pueblo. Mas ninguna ejecutoria podrá movernos a relegar la verdad en beneficio de unos presuntos intereses nacionales, tanto menos cuando del esclarecimiento de un estado de cosas se pueda esperar ganancia para nuestra intelección…

Semejante aseveración le causó no pocos problemas, ya que como el propio Freud reconoció “con buen derecho, se afirma que la posterior historia del pueblo de Israel sería ininteligible si no admitiéramos esa premisa”. Sin embargo, la hipótesis del Moisés egipcio echaba luz sobre varios aspectos de la cultura del pueblo judío y de las religiones monoteístas:

…si uno se deja llevar por los dos argumentos señalados y ensaya tomar en serio el supuesto de que Moisés era un egipcio noble, obtiene unas perspectivas muy interesantes y amplias. Con ayuda de ciertos supuestos, nada incongruentes, uno cree comprender los motivos que guiaron a Moisés en su insólito paso y, en íntima trabazón, aprehender el fundamento posible de numerosos caracteres y particularidades de la ley y la religión dadas por él al pueblo de los judíos. Más aún: todo ello incita en uno ciertas visiones significativas sobre la génesis de las religiones monoteístas en general.

Podría decir algo parecido respecto a mi tesis sobre la historia de la independencia argentina tanto por la reacción que produce en un pueblo fuertemente adoctrinado (y en los sacerdotes del rito) como por su utilidad para comprender la verdadera historia del pueblo argentino y aspectos centrales de su cultura.

Vamos por partes. Primero: ¿San Martín fue “el Libertador de América”? No hay duda que contribuyó a la liberación de Chile y también a la de Perú. Pero en ambos casos dejó incompleta su misión libertadora. Freire fue quien expulsó definitivamente a los españoles del territorio chileno en 1826 y Bolívar (o sus generales) del Alto Perú y Perú en 1824 y 1826. Sin embargo, el mito del Libertador de América ha quedado firmemente establecido. Y este mito ha contribuido a una perniciosa idea de superioridad argentina sobre el resto de América Latina. Como explica el escritor y ensayista Martin Kohan,

La creencia cierta en la preeminencia argentina sobre el resto de América Latina, afirmada a veces como una realidad evidente y ya consumada, y a veces como un destino más o menos diferido pero en todo caso ineluctable, forma parte de los fundamentos y los mitos de origen de la argentinidad. Entre las diversas escenas de fundación que disponen los relatos de la historia, las que sellan esa ambición de predominio son sobre todo las relacionadas con la gesta militar de José de San Martín. A través de esa gesta, como bien lo establece Bartolomé Mitre, las virtudes heroicas de los grandes hombres argentinos exceden las fronteras nacionales (las de Manuel Belgrano, que queda más bien como un héroe de cabotaje) y alcanzan una dimensión verdaderamente continental.

De acuerdo a la fábula que hemos aceptado como historia, los argentinos, a través de San Martín, concedimos la libertad a Chile y Perú, “como quien concede un don” dice Kohan. Este mito contribuyó a otro mito igualmente pernicioso: el de la superioridad argentina sobre el resto de los países sudamericanos. La supuesta “liberación” de esos países establece un vínculo de fraternidad, que, como señala Kohan, no resulta “del todo horizontal desde la perspectiva del relato nacional argentino; sino más bien, en todo caso, una relación entre un hermano mayor y sus hermanos menores”. El problema es que “esta obsequiosa irradiación argentina” tiene su límite militar, geográfico y político en Simón Bolívar, quien, para cualquier observador objetivo, es el verdadero Libertador de América, si es que alguien se merece tal título de manera exclusiva. Bolívar no sólo aseguró la libertad de Venezuela, Colombia, Ecuador y Perú sino también quien libertó a las provincias argentinas del Alto Perú, constituyendo en ellas una república independiente –Bolivia– cuyo nombre honra su memoria. Sin embargo, también sería incorrecto adjudicarle exclusivamente el título de libertador de América. Hacerlo sólo sirve a la historia vanidosa y caudillista.

Analicemos ahora el famoso “plan continental” de San Martín empezando por su hito más ponderado: el cruce de los Andes. Es necesario ponerlo en perspectiva.

Lo primero que hay que recordar es que los pasos que conectaban a Santiago y Mendoza se transitaban regularmente desde la época de la conquista, que esta última ciudad fue fundada por orden de Pedro de Valdivia, conquistador de Chile, en 1561 y que durante las primeras etapas del régimen colonial y hasta 1776 dependió de la Capitanía General de Chile.

En segundo lugar, a partir de mayo de 1810, el cruce de los Andes fue practicado en varias ocasiones con fines militares en ambas direcciones aunque con un número mucho más limitado de tropas.

En tercer lugar, los primeros que contemplaron el cruce de los Andes con un objetivo militar más ambicioso y mayor escala fueron el francés Henri Paillardelle, el chileno José Miguel Carrera y el argentino Carlos de Alvear, en ese orden, entre 1813 y 1815. El plan del primero, que era un graduado de la célebre Ecole Polytechnique, no ha recibido la atención que se merece por parte de los historiadores. Paillardelle lo presentó al gobierno revolucionario en noviembre de 1813, luego de las derrotas sufridas por Belgrano en Vilcapugio y Ayohuma.

Hay dos aspectos del plan de Paillardelle que merecen destacarse: primero, proponía la insurrección de los esclavos en el Alto y Bajo Perú, y segundo, sugería pedirle ayuda militar a Napoleón. Además, su principal objetivo no era libertar a Perú sino al Alto Perú. Básicamente Paillardelle proponía cruzar la Cordillera un contingente importante de tropas, luego marchar Valparaíso y de allí por mar a Arica, desde donde proponía lanzar un movimiento de pinzas simultáneo con otras fuerzas que marcharían desde el norte argentino. En cuanto a Carrera, a principios de 1815 propuso a su amigo Alvear, que en ese entonces era Director Supremo de las Provincias Unidas, cruzar los Andes a la cabeza de un ejército de 500 hombres para lanzar una guerra de guerrillas contra los españoles.

La rebelión de Fontezuelas en abril de 1815 abortó este  proyecto, pero abrió la puerta a otro. Alvear aceptó renunciar al gobierno pero propuso mantener el mando del ejército  y marchar a Chile junto con Carrera y otros patriotas chilenos. Quien lo disuadió fue Francisco Antonio de Escalada, hermano mayor del suegro de San Martín. Según Carrera, lo hizo de una manera muy simple: le informó que no podía garantizar la vida y la seguridad de su mujer y de sus tres hijos (a quienes tenía bajo arresto).

San Martín sabía de todos estos planes gracias a Tomás Guido, que se desempeñaba en el Ministerio de Guerra. Fue Guido quien le comunicó los planes de Paillardelle, Carrera y Alvear. Ninguno de ellos se puso en ejecución y sus autores corrieron suerte diversa. Alvear terminó exiliado en Río de Janeiro y luego Montevideo, donde se reencontró con Carrera. En cuanto a Paillardel, fue fusilado en mayo de 1815 por defender la causa de aquel. Probablemente ser francés no lo ayudó. Su nombre se agregó a una lista de víctimas de esa nacionalidad inmoladas por la revolución argentina encabezada por Santiago de Liniers.

Sea como fuere, hay que reconocer que al planear, organizar y ejecutar el cruce de los Andes y vencer a los españoles en Chacabuco, San Martín demostró notables talentos como general y estratega. Pero, como intentaré demostrar, esto no significa que los haya puesto al servicio de los intereses de la República Argentina. En cualquier caso, equipararlo con Aníbal o Napoleón, es una exageración rayana en el absurdo. El primero en proponerla fue nada menos que Thomas Carlyle, en su exégesis del dictador paraguayo Gaspar Rodríguez de Francia. Mitre, quien tomó de Carlyle la filosofía de que la historia de un pueblo es la biografía de sus “grandes hombres”, consideró la empresa de San Martín como superior a la de aquellos dos personajes de la historia europea:

“Tratándose del primer capitán de la América Meridional, como lo es San Martín, que tiene en su vida el paso de los Andes, que rivaliza con los de los Alpes por Aníbal y Napoleón… El futuro Aníbal americano, fundía en bronce el modelo que el artífice bruñía y doraba. Si el paso de los Andes se compara con victoria humana, con los de Aníbal y Napoleón, movido uno por la venganza y la codicia, y el otro por la ambición, se verá que la empresa de San Martín, grande militarmente en si… es más trascendental en el orden de los destinos humanos, porque tenia por objeto y móvil la independencia y la libertad de un mundo republicano.”

En su apología del prócer, Mitre ya incurría en una tremenda falsedad, ya que el objetivo de San Martín no era la independencia y la libertad de un “mundo republicano” sino el establecimiento de un régimen monárquico bajo la protección de una potencia europea, preferiblemente Inglaterra. En cualquier caso, como señaló Lucio V. Mansilla: “Mitre nos pinta como una empresa fabulosa, haciendo de la leyenda historia, el paso de los Andes, por San Martín, que no puede compararse ni al de Aníbal, ni al de Napoleón.”

Algunos datos que Mansilla no menciona sirven en apoyo de esta afirmación. Napoleón cruzó los Alpes a mediados de la primavera, cuando todavía arreciaban las nevadas a la cabeza de un ejército de 60.000 hombres para enfrentar fuerzas muy superiores. San Martín cruzó los Andes en pleno verano con menos de 5.000 hombres divididos en varias columnas que marcharon por pasos distintos (ninguna de ellas con más de 2.500 hombres). No fue el primero en tener esa idea, ni tampoco el único que la ejecutó. Con objetivos similares a los de San Martín, en junio de 1819 y julio de 1824 Simón Bolívar también cruzó los Andes en condiciones climáticas mucho más desfavorables.

Pero la cuestión central es otra: ¿A fines de 1816, desde el punto de vista político, económico y estratégico, tenía sentido para Buenos Aires libertar a Chile y Perú? Como intentaré demostrar, muy poco. En primer lugar, la independencia de Chile no era necesaria para preservar nuestra independencia. La cordillera y las enormes distancias constituían la mejor defensa contra cualquier ofensiva realista de Chile a Buenos Aires. En los dos años que habían pasado desde la batalla de Rancagua, ni Osorio ni Marco del Pont la habían siquiera contemplado. La única razón realmente válida para libertar a Chile era anexar su territorio a las Provincias Unidas, algo que San Martín explícitamente se negó a considerar (a pesar de que era parte de sus instrucciones). Recordemos que sin el Alto Perú, las provincias argentinas eran más pobres y menos pobladas que Chile.

En cuanto a la liberación del Perú, era aun menos aconsejable y conveniente para los patriotas argentinos (aunque necesaria para los chilenos). No sólo por su altísimo costo –que la hacía inviable en ese momento– sino también porque los peruanos nunca se resignaron a perder el Alto Perú, que habían recuperado después de las derrotas patriotas en Huaqui, VilcapugioAyohuma. Los eventos que dieron origen a Bolivia en 1825 demostrarían cuán importante fue esta última consideración. La creación de una república en el Alto Perú fue una solución salomónica que tomó Bolívar, con el obvio apoyo de la elite alto-peruana, frente a los derechos uti possidetis de una parte, Argentina, y los reclamos históricos de otra, Perú (que había perdido ese territorio en 1776). Algo parecido ocurriría con Uruguay en 1828 y la Argentina volvería a salir perdedora.

Libertar al Alto Perú y libertar el Perú no eran objetivos igualmente asequibles, necesariamente equivalentes o mutuamente compatibles. Una simple comparación de las distancias permite entender por qué: de Lima a Potosí hay 2.000 kilómetros de distancia por terreno montañoso, mientras que desde Buenos Aires casi 100 kilómetros más. Pero desde Córdoba o Salta, que podían servir de base de operaciones para cualquier ofensiva sobre el Alto Perú, hay 1.500 y 750 kilómetros respectivamente. En comparación, el trayecto de Buenos Aires a Potosí vía Santiago y Lima es de casi 6.000 kilómetros, de los cuales tres mil son por vía marítima. Y para este último trayecto era necesario una escuadra que no existía en 1816.

Si no hubiera abandonado el mando del Ejército del Norte, San Martín podría haber libertado el Alto Perú. En cuanto la campaña libertadora del Perú, además de las enormes obstáculos logísticos a su ejecución, tampoco ofrecía garantías de alcanzar el objetivo declarado por el gobierno de las Provincias Unidas que era el de libertar las cuatro provincias alto peruanas.

Tan cierta es esta última afirmación, que en julio de 1821 San Martín logró libertar a Lima pero el Alto Perú siguió bajo el control de los españoles hasta diciembre de 1824. Aunque nos cueste aceptarlo, la campaña de San Martín en el Perú fue un fracaso. Además, fue un fracaso previsible ya que San Martín no contaba con los recursos necesarios para triunfar sobre los realistas. Su ejército de 4.500 hombres sumado a las tropas que pudo reclutar en territorio peruano nunca podía derrotar a un enemigo que contaba con casi 20.000 hombres. La entrevista de Guayaquil, en la que tuvo que pedir ayuda militar a Bolívar, fue la evidencia más clara de este fracaso. El mismo San Martín admitió que no podía ganar la guerra contra los españoles “sin la activa y eficaz cooperación de todas las fuerzas de Colombia”.

Y no soy el primer historiador en recalcar este fracaso. Vicente Fidel López, que reconoce el talento y el mérito de San Martín, hace más de cien años planteó lo mismo, pero Mitre lo desautorizó como historiador:

Dos eran, y a cual más importante, las operaciones que se ofrecían al talento y a la energía militar del general en jefe del ejército de los Andes. En los últimos días del año de 1816, su ejército estaba pronto y pertrechado para una larga y laboriosa marcha en cualquier sentido en que hubiera querido emprenderla… Su marcha con diez mil soldados de primera clase al través del Alto Perú hasta el Cuzco y las sierras que dominan y proveen de todo a la región marítima del país habría sido asunto de veinte días a lo más… El general optó por lo primero; pero los resultados se encargaron de demostrarle que había cometido un error irreparable. Sus operaciones no pudieron desenvolverse y fracasaron sus esperanzas de terminar en Lima la emancipación de la América del Sur.

Dos fueron las causas que lo indujeron a dejar el camino del Cuzco y preferir el de Chile. La una enteramente personal: el general tenía ansia de emanciparse de la política argentina y de dar la espalda a la inquieta y vacilante situación de esa sociabilidad democrática y anárquica que cuando suelta dominaba en el gobierno, y cuando comprimida mantenía un estado insoportable de alarmas y de violentas represiones. Creía que transportado a Chile con su ejército comenzaba a ser él mismo, a tener e imponer una voluntad propia desde un centro, o “un baluarte”, como él mismo decía, en donde nadie podía dominarlo ni nombrarle sucesor ; el camino del Cuzco no le daba la misma independencia ni le permitía la misma libertad de acción respecto de los gobiernos de Buenos Aires, que tanto habían pesado sobre su suerte. Pero además de esta causa influyó otra también, que fue el concepto equivocado en que se hallaba sobre el valor estratégico de las posiciones que pensaba ocupar. Creía que todo el secreto de la guerra por la emancipación sudamericana consistía en ocupar a Lima ; que allí comenzaba y acababa todo, y no se daba cuenta de que la posesión militar y política del Perú no dependía de Lima, sino del Cuzco y de las Sierras que forman el contrafuerte oriental de la región marítima que, estéril, malsana y poco poblada, no podía vivir de sí propia ni servir de centro a poderosas fuerzas militares… Tanto y tan pronto conoció su error el eminente general, aunque por desgracia tarde para remediarlo, que entre los dos o tres fines serios con que entabló la negociación de Miraflores,

La idea, repetida ad nauseam por muchos historiadores argentinos, de que la “genialidad” de San Martín fue comprender que por el Norte argentino no se podía libertar el Alto Perú y que para lograr este objetivo primero había que libertar a Chile y luego a Perú no tiene ningún asidero ni en la lógica ni en los hechos. Justamente, gracias a esta “genialidad” existe un país independiente llamado Bolivia que no forma parte de la República Argentina.

La misión que el gobierno argentino le encomendó a San Martín fue que libertara el Alto Perú no a Perú. Como bien explicó Alberdi en El Crimen de la Guerra, lejos de cumplir ese objetivo, San Martín “fue causa de que la República perdiera las provincias que tenía encargo de libertar” y de que naciera la república boliviana.

Otra cuestión no menos importante es que para libertar a Perú era necesaria una escuadra, que a fines de 1816 no existía, ni en Argentina, ni en Chile. Esta escuadra era necesaria para transportar al ejército libertador y neutralizar a la marina española que vigilaba celosamente las costas de Chile y Perú. La creación y el mantenimiento de semejante fuerza naval era una empresa que una nación recién independizada no estaba en condiciones de financiar y operar por si misma con alguna probabilidad de éxito. Y menos aún en países sin tradición naval.

Cuando en 1812 Estados Unidos, entró en guerra con Inglaterra su flota de guerra constaba de sólo seis fragatas debido a sus precarias finanzas. Pero en relación a los porteños y los chilenos, los norteamericanos contaban con enormes ventajas: una fuerte tradición marinera, frondosos bosques que podían proveer la madera necesaria para armar buques, y marinos experimentados. En Buenos Aires la primera escuadra naval fue concebida en 1814 para bloquear Montevideo por un argentino (Alvear), financiada por un un español y dos norteamericanos (Larrea, White y De Forest), comandada por un irlandés (Brown) y tripulada mayormente por marinos irlandeses, norteamericanos y franceses. Un año más tarde, sus buques y tripulantes fueron desafectados porque el gobierno no podía financiar el costo de mantenerlos. ¡En parte porque había perdido el Alto Perú!

Sin ingentes recursos financieros y la ayuda (o al menos la anuencia) de una potencia naval extranjera que permitiera al gobierno patriota comprar buques de guerra y contratar marinos experimentados, era imposible contar con una escuadra, y por ende, intentar la liberación del Perú. Por lo tanto, si esa fue la idea original de San Martín, y todo indica que lo fue, tiene que haber contemplado como resolver esas tres cuestiones. ¿Dónde podía comprar esos buques y contratar marinos experimentados? Recordemos que permitir ambas cosas significaba una violación de la neutralidad y enfrentarse con España y la Santa Alianza. Siempre estaba la posibilidad de hacerlo de manera solapada. En ese entonces esto sólo era posible en dos países: Inglaterra y Estados Unidos. De ahí las misiones que San Martín encomendó a Álvarez Condarco (en Londres) y Manuel Hermenegildo de Aguirre (en Washington). De hecho, ambos países, en distinta medida, efectivamente contribuyeron a la creación de la escuadra chilena. Es importante destacar también que el primero en armar una escuadra para libertar Sudamérica fue José Miguel Carrera a fines de 1816 y lo hizo con apoyo norteamericano. Pero cuando Carrera llegó a Buenos Aires a principios del año siguiente, a instancias de San Martín, el gobierno de Pueyrredón rechazó su ofrecimiento y en premio por sus esfuerzos lo encerró en prisión con intención de deportarlo.

¿Finalmente, dónde podía San Martín obtener los recursos financieros necesarios para crear una escuadra? Esta era la pregunta más difícil de responder. San Martín era un militar no un financista. Para tener idea de la magnitud del esfuerzo financiero que se requería vale la pena repasar algunas cifras. Comprar una fragata de guerra costaba aproximadamente 100.000 pesos de entonces a lo que había que sumarle el costo de contratar oficiales y marineros, cañones, etc. que era prácticamente igual. Después de Chacabuco, San Martín y O’Higgins acordaron destinar un millón de pesos para armar una escuadra de cinco o seis buques de guerra. Esa suma representaba entonces casi el 50% de los ingresos totales del fisco, tanto en Santiago como en Buenos Aires. La realidad es que si no hubiera sido por el financiamiento obtenido en Londres, hubiera sido muy difícil crear una escuadra y, consecuentemente, emprender la liberación del Perú. Este detalle no es generalmente resaltado en nuestros libros de historia.

Pero antes de siquiera intentar responder todas estas preguntas es necesario plantearse otra mucho más importante: ¿Para que les servía semejante expedición a los patriotas argentinos? La respuesta queda para un próximo artículo (cliquear aquí).

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