Las Retenciones y la "renta diferencial" de David Ricardo

9 de enero 2020

En el último párrafo de su célebre “Teoría General”, John Maynard Keynes (1883-1946) escribió:

“Las ideas de los economistas y filósofos políticos, tanto cuando tienen razón como cuando están equivocadas, son más poderosas de lo que comúnmente se cree. De hecho, el mundo está gobernado por poco más que ellas. Los hombres prácticos, que se creen exentos de cualquier influencia intelectual, suelen ser esclavos de algún economista difunto… las ideas con las que los funcionarios públicos y los políticos e incluso los activistas interpretan los eventos actuales probablemente no sean las más recientes.”

En esto tenía razón. En Argentina, los seudo economistas auto denominados progresistas son “esclavos intelectuales” de un trío de economistas difuntos que además del propio Keynes, incluye a Thomas R. Malthus (1766-1834) y David Ricardo (1772-1823). Esto encierra varias ironías. La primera es la nacionalidad del trío, siendo, supuestamente, sus seguidores locales defensores acérrimos de lo “nacional y popular” y enemigos del imperialismo y el colonialismo. La otra ironía es que aunque Malthus y Ricardo estaban en las antípodas intelectuales, sus ideas fueron recombinadas en Argentina por los populistas para justificar políticas públicas contrarias al sector agropecuario. Malthus estaba a favor del proteccionismo y Ricardo a favor de la apertura comercial.

No me voy a explayar en esta ocasión sobre Keynes, cuyas ideas fueron tergiversadas ad absurdum por el populismo vernáculo para justificar su irresponsabilidad fiscal. Baste sólo señalar que las conclusiones de la “Teoría General” no eran aplicables a la economía argentina de 1945, cuando los déficit fiscales y la inflación comenzaron a ser sus rasgos más permanentes.

Sin saberlo, Perón fue un maltusiano de la primera hora. Convencido de que las guerras y la sobrepoblación llevarían al mundo a una hambruna, creyó que el precio de los alimentos no tendría techo. Consecuentemente decidió expoliar al sector agropecuario para financiar la base de su poder político: una masa creciente de trabajadores urbanos. Se equivocó por completo pero persistió en su error.

Sus discípulos contemporáneos en vez se aferran a la teoría de la renta ricardiana-maltusiana de la tierra para justificar las retenciones a las exportaciones agropecuarias. Por ejemplo, así lo hacía en 2008 Axel Kicillof, entonces aspirante a Ministro de Economía y hoy gobernador de la provincia de Buenos Aires, en un artículo publicado en Página 12:

“Mientras el precio de los productos industriales tiene, en términos generales, dos componentes: costos y ganancia, el precio de los productos agrarios tiene tres: costos, ganancia y renta del suelo. La renta [agropecuaria] es entonces equiparable a un precio de monopolio. Los dueños de las mejores tierras (como las de Argentina) se quedan con esa diferencia que no se debe a la inversión ni al esfuerzo sino a las condiciones naturales. La producción agraria no es como cualquier otro negocio, sino que podría decirse que en este sentido se asemeja mucho a la producción petrolera. En ambas existe una renta, un margen por encima de la ganancia normal debida al monopolio sobre ciertas tierras excepcionales. Es por eso que, fuera de las tierras marginales, en Argentina existe una fuente de ganancias extraordinarias o, más precisamente, de renta del suelo que deja en las manos de los propietarios un monto adicional cuando los productos se colocan en el mercado mundial. Es falso entonces que las retenciones impliquen una confiscación de la ganancia legítimamente obtenida por los inversores, como en cualquier negocio. Las retenciones gravan básicamente ese adicional del precio sobre la ganancia normal que obtienen quienes producen en tierras excepcionales, como las de buena parte de Argentina”.

Este párrafo incluye tantos errores conceptuales, casi uno por oración, que sorprende que quien lo escribió haya obtenido un doctorado en economía. ¡Y más aún que haya sido Ministro de Economía! Peor todavía es que seudo-economistas afines al gobierno hoy justifiquen el reciente aumento de las retenciones con los mismos argumentos. Ricardo debe estar revolviéndose en su tumba. Su principal objetivo justamente fue eliminar las políticas proteccionistas que distorsionaban el funcionamiento del sector agropecuario.

La teoría ricardiana de la renta no sirve para entender como funciona el sector agropecuario ni ningún otro sector extractivo (por ejemplo, la actividad petrolera o minera) en una economía moderna. Ricardo la expuso en su libro Principios de Economía Política y Tributación publicado en 1817. Su objetivo era refutar a Malthus en el debate que mantuvieron sobre la abolición de las leyes que imponían tarifas prohibitivas a la importación de granos (“Corn Laws”).

Es necesario poner la teoría de Ricardo en su contexto histórico. En la Inglaterra de principios del siglo XIX no existía un mercado activo de compra-venta de tierra agrícola. En su mayor parte, la propiedad rural estaba en manos de la aristocracia (que además controlaba el Parlamento) y se traspasaba de generación en generación bajo el sistema de primogenitura (a diferencia de Argentina donde rige el código napoleónico y la división equitativa entre herederos). Aunque la tierra rara vez cambiaba de manos, los campesinos (agricultores) la arrendaban a los aristocrátas (rentistas) para cultivarla.

En sus Principios, Ricardo explica que la renta es “esa porción del producto de la tierra que se paga al propietario por el uso de los poderes originales e indestructibles del suelo”. Aclara luego que “en el lenguage popular, el término se aplica a la suma que paga anualmente el arrendatario a su propietario”. Es decir, la renta no es más que un el alquiler que debe pagarse por una parcela de tierra para cultivarla. En cuanto a la “renta diferencial”, es simplemente la diferencia entre la renta (precio de venta menos costo por hectárea) que se paga por una parcela y la que se paga por la menos fértil. Si solo es necesario cultivar parcelas fértiles para alimentar la población, no existiría la renta diferencial.

En la versión simplificada del modelo de Ricardo la producción de granos (o alimentos) requiere solo dos insumos: tierra y trabajo. La oferta del primero es fija, mientras que la del segundo depende del crecimiento demográfico. A medida que aumenta la población de un país, aumenta la demanda de granos. A corto plazo esto provoca la suba de su precio y, por ende, la rentabilidad de la agricultura. Como consecuencia se incorporaban tierras cada vez menos fértiles a la producción de granos.

Esta teoría le permitió a Ricardo a proponer varias conclusiones importantes. Primero, el “valor de cambio” (precio) de los granos era determinado por el costo marginal de producirlo en la parcela de tierra menos fértil, que a su vez era función del salario pagado a quienes la trabajaban. Segundo, la renta de la parcela de menor fertilidad era obviamente cero, ya que en este el valor de su producción igualaba a su costo. Tercero, las diferencias en la renta pagada por distintas parcelas de tierra reflejaban únicamente las diferencias en la fertilidad de su suelo. Consecuentemente, el propietario de las parcelas más fértiles (supuestamente) se apropiaba de una “renta extraordinaria”. Cuarto, la renta no determinaba el precio de los granos (como argumentaba Malthus) sino que éste determinaba a aquella. “El trigo producido por la mayor cantidad de trabajo es el que regula el precio de ese cereal; y la renta no puede entrar, y no entra en realidad, como parte componente de su precio”.

Esta es la base de la teoría del valor-trabajo de Ricardo que fue refutada décadas más tarde por los marginalistas. En ningún país excepto en Argentina se le ocurriría a algún economista basarse en ella para formular políticas públicas para el sector agropecuario. La vigencia de Ricardo en nuestras universidades sólo se explica por la vigencia de Marx. Lástima que aprendan la teoría del valor-trabajo y no la ley de las ventajas comparativas.

Es un error basarse en la noción de “renta diferencial” para justificar las retenciones. La razón es muy simple: desde el punto de vista financiero esa renta diferencial no existe. O mejor dicho, queda reflejada (o descontada) en el precio de la tierra y por ende afecta negativamente la rentabilidad de invertir en ella.

Para estimar la tasa interna de retorno (TIR) de un proyecto de inversión no sólo es necesario estimar sus flujos de fondos futuros sino también la inversión inicial requerida. Este principio es válido independientemente de que se trate de una inversión en el sector industrial, energético, minero o agropecuario. En el caso de este último, la TIR no sólo depende de la renta de la tierra sino también su valor de mercado. Cuando aumenta éste cae aquella. Simple matemática financiera.

La otra manera de plantear el problema nos lleva a idéntico resultado. El valor de cualquier activo es función de dos variables: sus flujos de caja y su tasa de retorno esperada (que a su vez refleja el riesgo de generar aquellos). En condiciones normales, su valor de mercado no es más que el valor presente de los flujos futuros descontados a la tasa de retorno esperada.

En Argentina existe desde hace doscientos años un mercado activo y relativamente eficiente de compra-venta de tierras y no existe la primogenitura. Por ende, hay una alta rotación en los propietarios de la tierra. Los precios de los campos obviamente reflejan la existencia de una “renta diferencial” atribuible a la fertilidad del suelo. Por ejemplo, un campo en Pergamino o Salto (una zona de fertilidad excepcional) tiene un valor por hectárea mucho más alto que un campo en Formosa, San Luis o Santiago del Estero (consideradas zonas de tierras marginales). Además de la fertilidad del suelo, la tasa de retorno esperada de la actividad agropecuaria depende de una variedad de otros factores: condiciones climáticas, impuestos, tecnología, etc. Si estos otros factores afectan la actividad de la misma manera, las diferencias en el precio de la tierra igualarán la tasa de retorno esperado de la actividad agropecuaria anulando cualquier ventaja atribuible a una “renta diferencial”. Esta verdad de Perogrullo que sabe cualquier agricultor con secundario completo terminado parece escapársele a los teóricos del populismo vernáculo que nunca salieron de su torre de marfil.

Dicho de otra manera, el precio de mercado de la tierra descuenta la “renta diferencial” a la que se refieren Kicillof y otros adscriptos a la teoría ricardiana para justificar las retenciones. Por lo tanto, en realidad, el único que pudo haber captado parte de esa renta fue el dueño original, que recibió la tierra a precio cercano a cero (porque el retorno era cero ya que seguramente el valor productivo era mínimo y estaba expuesto a alto riesgo por falta de seguridad, malones, inclemencias climáticas, etc.), o su propietario cuando fue incorporada a la agricultura (fines del siglo XIX).

Quienquiera que haya adquirido una parcela de campo desde entonces implícitamente pagó esa “renta diferencial”. Por lo tanto, las retenciones son una confiscación lisa y llana de una parte de su capital, ya que reducen automáticamente su valor de reventa. Es decir, una violación inconstitucional de su derecho de propiedad.

La teoría de la renta ricardiana tiene otras importantes limitaciones que la hacen particularmente inapropiada para justificar las exacciones al agro. Por ejemplo, presupone que la producción agropecuaria no requiere inversión o tecnología, que la fertilidad del suelo es constante (es decir, no se degrada) y que la oferta de tierra es inelástica. Esto último puede ocurrir en un contexto de baja de precios por la aplicación de retenciones durante un período relativamente corto. Aunque no se reduzca el área sembrada, caerán las inversiones en fertilización para reponer nutrientes y evitar la erosión, el mantenimiento de maquinaria, la capacitación de los recursos humanos y la incorporación de tecnologías para un mejor manejo de tierras.

En síntesis, las retenciones implican una destrucción de valor presente y futuro. Las consecuencias a largo plazo son predecibles: una caída de la producción agropecuaría y de la productividad del sector.

2 comentarios en “Las Retenciones y la "renta diferencial" de David Ricardo

  1. El viejo impuesto a la herencia (que es en realidad un impuesto contra el derecho de propiedad) ¿no sería más eficaz (en incluso más justo) que los derechos de exportación para que “el príncipe” capture algo del valor de la tierra?

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