Los Mitos de la Independencia Argentina I

18 de julio de 2016

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Juan Bautista Alberdi

Alberdi decía que «acostumbrado a la fábula nuestro pueblo no quiere cambiarla por la historia». Consideraba que esta afición no era inocua. En su opinión, «si hacéis de la vida o historia de vuestro país un cuento o una novela, toda su política seguirá en ese camino ficticio y fantástico.» Más que una advertencia resultó una predicción.

En el caso argentino, el fabulismo afecta a toda la interpretación de la historia pero es particularmente fuerte en el período fundacional, es decir, la independencia. A ese período en particular se refería Alberdi. Al igual que con los individuos, las sociedades quedan marcadas por la manera en que interpretan su origen y sus primeros años de vida. Por ende, el período de la independencia es particularmente importante.

Para ser precisos con el lenguaje, más que una fábula, que por definición es un relato fantasioso pero breve, la historia de la independencia argentina es una leyenda fabulística semi-documentada. Es decir, una larga narrativa elaborada en base a una sesgada selección de documentos que describe hechos y personajes reales que han sido deformados, tergiversados o magnificados por la fantasía, la ideología o la vanidad con una intención didáctica y moralizante.

Como advirtió Alberdi, esta afición de los argentinos por una historia ficticia que propone el origen de la nación a partir de una epopeya grandiosa protagonizada por un héroe mítico ha tenido consecuencias nefastas para la política. Se podría decir que como metodología histórica adoptamos el realismo mágico, cuya principal característica es «la alteración de la realidad con acciones fantásticas, que son narradas en un modo realista, dando por sentado la aceptación de estos hechos como reales y verdaderos, tanto para los protagonistas como para el lector.»

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El problema es que la historia además de describir hechos del pasado, implica un modelo de interpretación de la realidad. La manera que interpretamos la realidad pasada indefectiblemente condiciona la manera que interpretamos la presente y, por ende, también como planeamos (y planteamos) la futura.

La decadencia argentina se debe, en gran medida, a que como sociedad hemos adoptado un modelo de interpretación de la realidad equivocado que plantea relaciones causales espurias. Esto ha llevado a nuestros gobernantes a cometer graves y costosos errores. Quizás el mas grave y costos fue el de alinearnos al Eje durante la Segunda Guerra Mundial.

Como también advirtió Alberdi, al aferrarnos a una historia fundacional ficticia y vanidosa, no hemos comprendido bien la relación causa-efecto que explica los principales eventos de nuestro pasado y su relación con los del resto del mundo. Consecuentemente, a nivel colectivo no entendemos bien el presente. Con este modelo de interpretación de la realidad que niega o ignora las causas fundamentales del progreso también es imposible diseñar políticas que nos lleven por la senda del progreso y la prosperidad.

La causa principal del progreso argentino fue el marco institucional liberal-republicano diseñado por Alberdi que el Congreso y el presidente Urquiza eligieron para gobernar el país en mayo de 1853, poco más de un año después de haber derrocado el regimen dictatorial liderado por Juan Manuel de Rosas. Para salir de la decadencia que se inicio en 1943 es necesario que una mayoría de los argentinos crea en las bondades de ese marco institucional y lo respete. Además que no se deje seducir por un líder mesiánico que pretendiéndo identificarse con nuestro «padre de la patria» prometa soluciones facilitas para resolver los serios problemas que nos aflijen. Como expliqué en Entrampados en la Farsa: El populismo y la decadencia argentina, la historia fundacional mítica, caudillesca y vanidosa que nos contamos desde hace más de un siglo es un obstáculo para que ello ocurra, y por ende, también para el progreso.

Es por esta razón que me he propuesto una tarea ímproba, por no decir quijotesca: desmitificar esa visión de la historia. Habiendo finalizado los festejos del segundo bicentenario de la independencia (los festejos del primero fueron el 25 de mayo de 2010) parece un momento apropiado para encararla.

En su libro sobre El mito del nacimiento del héroe publicado en 1909, Otto Rank destacó que todas las grandes civilizaciones «han glorificado muy temprano, en poemas y sagas, a sus héroes, legendarios reyes y príncipes, instituidores de su religión, fundadores de dinastías, imperios y ciudades; en suma, a sus héroes nacionales. En particular, han dotado de rasgos fantásticos a la historia del nacimiento y la juventud de estas personas, rasgos cuya desconcertante semejanza, que en parte llega hasta una literal concordancia entre pueblos diversos, muy separados entre sí y del todo independientes, es algo consabido desde hace mucho tiempo y que ha llamado la atención de los investigadores».

Freud, de quien Rank era discípulo, explicó que es posible construir una “saga típica» que está presente en la historia mítica de distintas sociedades:

El héroe es hijo de padres nobilísimos, las más de las veces hijo de un rey. Su concepción está precedida de dificultades, como abstinencia, larga infecundidad o un comercio secreto entre los padres a consecuencia de prohibiciones o impedimentos exteriores. Durante el embarazo, o aun antes, un anuncio (sueño, oráculo) previene contra su nacimiento, casi siempre amenazando al padre con unos peligros. A raíz de ese anuncio, el recién nacido suele ser destinado a la muerte o al abandono por el padre o la persona que lo subroga; por regla general, lo dejan librado a su suerte en el agua dentro de una canasta. Luego es rescatado por animales o gentes de baja condición (pastores), y amamantado por un animal hembra o una mujer de baja condición. Ya crecido, reencuentra a sus padres nobles tras azarosas peripecias, se venga del padre, por una parte, y, por la otra, es reconocido y alcanza la grandeza y la fama.

En la teoría de Freud y Rank, el «héroe» mítico es un miembro de la tribu, que, osado, se alza contra su padre y logra vencerlo (matarlo). El mito del «Padre de la Patria» que propone la historia argentina (y también la venezolana con Bolívar) tiene mucho en común con esta idea.

Reemplazar la historia fundacional por una leyenda épica es propio de sociedades primitivas con limitado grado de evolución. A medida que una sociedad avanza y se civiliza, tiende a ser más objetiva en la interpretación de su origen. Por ejemplo, la manera de interpretar el mundo en la Grecia antigua evolucionó de las historias de dioses, diosas y héroes (mythos) a una basada en la filosofía, la lógica y las bases del método científico (logos).  En la primera etapa se destacan autores como Hesiodo, autor de la Teogonía, y Homero, autor de La Ilíada y La Odisea, mientras que en la segunda, los filósofos “pre-socráticos”, Sócrates, Platón y especialmente Aristóteles.

En la etapa del mythos los griegos interpretaban todo acontecimiento como provocado por el enfrentamiento entre múltiples dioses, semi-dioses y héroes. Había dioses para fenómenos naturales como el sol, el mar, el trueno y el rayo, y dioses para actividades y emociones humanas como la guerra y el amor. La realidad era explicada a través de fábulas y leyendas altamente imaginativas que describían la interacción de estos personajes y que hoy conocemos como la mitología griega. Los mitos no se preocupaban por cuestiones prácticas, sino por el significado de los acontecimientos desde un punto de vista emocional. Proporcionaban un contexto que daba sentido a la vida cotidiana y estaban arraigados en el “inconsciente colectivo”. Con el paso el tiempo, los griegos tomaron una actitud crítica hacia la mitología y propusieron explicaciones alternativas de los fenómenos naturales basadas en la observación y la deducción lógica (propio del logos).  En esta etapa los fenómenos naturales eran explicados por el resultado de causas impersonales. A diferencia del mythos, el logos requiere interpretar objetivamente los hechos y verificar que se correspondan con la realidad. Es decir, es esencialmente lógico y práctico y excluye las emociones y los sentimientos. En los pueblos primitivos esta transición de mythos a logos queda trunca.

Hay dos visiones sobre los mitos históricos. Una los juzga tan benignos como necesarios y la otra los considera potencialmente dañinos. Según la primera, los mitos contribuyen a fijar la identidad nacional y las creencias predominantes de una sociedad. Preservarlos muchas veces requiere tergiversar la historia. Como señaló el filósofo francés Ernest Renan, uno de los ideólogos de esta visión, el olvido y el error histórico “son factores esenciales para la creación de una nación, y es por eso que el progreso de los estudios históricos es a menudo un peligro para la nacionalidad.”

La otra visión no niega el valor de los mitos en ciertas etapas de la evolución de una sociedad pero considera esencial su superación. “El universo encantado y quimérico del mito donde habitan los héroes legendarios es una etapa histórica necesaria en la evolución de los pueblos primitivos, también en el período infantil de la formación psicológica del individuo,” explica Juan José Sebreli en Comediantes y Mártires. “En todas esas situaciones, juega un papel positivo, pero resulta, en cambio peligroso si se lo quiere reinstalar en la vida cotidiana de los tiempos modernos; es absurdo si se lo eleva a conocimiento superior al racional, y es perverso cuando se lo usa como instrumento político.” Esto último es lo que sucedió en el caso argentino. En la misma línea, José Ignacio García Hamilton, argumentó que en la Argentina los mitos históricos han sido funcionales al caudillismo autoritario. Buena razón para demolerlos entonces y ver si como sociedad podemos pasar de la etapa del mythos a la del logos.

No es un proceso fácil. El pueblo alemán, que a principios del siglo XX era el país más educado de Europa, fue seducido por un caudillo autoritario que propuso una interpretación mítica de su origen. Hitler entendió muy bien la importancia de los mitos y le asignó un enorme valor a la enseñanza de la historia como mecanismo de adoctrinamiento. En Mein Kampf recomendó que los maestros debían concentrar su «atención sobre algunos de nuestros héroes eminentes, y saber pasar por encima de una presentación objetiva, tener como finalidad inflamar el orgullo nacional. (…) Hay que saber elegir a los más grandes de nuestros héroes para presentarlos a la juventud en una forma tan penetrante que los convierta en los pilares de un sentimiento nacional inquebrantable». Como señala el historiador francés Marc Ferro, la historiografía nazi construyó una «línea histórica» que comenzaba con Arminio, seguía con Carlomagno, Lutero, Federico el Grande y Bismarck y terminaba con Hitler. El revisionismo argentino apela a la misma idea con su insistencia de una «línea histórica».

Los mitos de la independencia argentina están incorporados a los manuales de historia escolares. La narrativa es machacada a sucesivas generaciones de argentinos desde su más primera infancia. Su efecto es indeleble. Como explica Ferro:

La imagen que tenemos de otros pueblos, y hasta de nosotros mismos, está asociada a la historia tal como se nos contó cuando éramos niños. Ella deja su huella en nosotros para toda la existencia. Sobre esta imagen, que para cada quien es un descubrimiento del mundo y del pasado de las sociedades, se incorporan de inmediato opiniones, ideas fugitivas o duraderas, como un amor…, al tiempo que permanecen, indelebles, las huellas de nuestras primeras curiosidades y de nuestras primeras emociones.

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Pedro de Angelis

Casi desde nuestros orígenes como nación independiente, la necesidad de mitificar la historia patria fue motivo de debate. Pedro de Angelis fue uno de los primeros historiadores que tuvo nuestro país. De origen napolitano, llegó a Buenos Aires durante la presidencia de Rivadavia. Años más tarde se convirtió en propagandista de Rosas. Entre 1835 y 1837 publicó la primera recopilación de documentos antiguos sobre la historia de América. En su “Discurso Preliminar” advirtió sobre los riesgos de falsificar la historia con mitos y fábulas:

Los pueblos modernos no tienen que buscar su origen en los poetas y mitólogos: los historiadores son sus genealogistas y del primer día de su existencia puede hablarse con tanto acierto como de un acontecimiento contemporáneo. Ya pasaron los tiempos en que para edificar ciudades tenían que bajar los dioses del Olimpo. Estas fábulas, inventadas para lisonjear la vanidad de los pueblos, aumentan el caudal de mentiras que nos han transmitido los antiguos, por más que se empeñen en acreditarlas los eruditos.

Las advertencias de De Angelis y las que después hizo Alberdi en el mismo sentido fueron ignoradas tanto por el mitrismo como por el revisionismo moderno. La reforma educativa de 1908 implantó el mito como dogma histórico y al catecismo patriótico como sistema pedagogico. Como ha demostrado Carlos Escudé, la reforma tuvo como objetivo “un adoctrinamiento para exaltar el sentimiento nacional y patriótico” en el que la enseñanza de la historia y la geografía jugaban un papel central. Este adoctrinamiento buscaba no tanto enaltecer la virtud cívica y forjar un sentido del deber, sino “generar emociones artificiales que en un gran número de casos eran fingidas.”

Se buscaba contrarrestar de esta manera la influencia extranjerizante del aluvión inmigratorio. Fue una reacción comprensible pero equivocada (Estados Unidos que también recibió gran cantidad y diversidad de inmigrantes, no recurrió a este arbitrio). Según Escudé, “lo que se le enseña a la gente, y es adecuadamente internalizado, tiene un impacto sobre la forma en que la gente siente, piensa y percibe, y por lo tanto, sobre los comportamientos individuales y colectivos, sobre las políticas internas y externas de los Estados, e incluso impone límites al tipo de política que puede implementarse con éxito en una sociedad determinada.” Por esa razón argumento que la Reforma de 1908 fue el primer experimento gramsciano de adoctrinamiento cultural en gran escala, antes incluso que Gramsci lo propusiera.

El historiador alemán Michael Goebel ha escrito un libro interesantísimo sobre la influencia de la interpretación del pasado (que denomina “la política de la historia”) en la política argentina del siglo XX que confirma tanto las advertencias de Alberdi como las planteadas en este artículo. Según este historiador, el debate entre mitrismo y revisionismo tuvo su contracara en el debate entre liberalismo y nacionalismo. Coincido parcialmente con esta opinión. En primer lugar, como reconoce el propio Goebel, a pesar de sus diferencias, el mitrismo y el revisionismo tienen mucho en común: ambos plantean un origen épico y glorioso de la nacionalidad, es decir, apelan a los mitos para construir su narrativa, coinciden en la glorificación de San Martín, comparten un “patriotismo metodológico” y tienen como objetivo la “evaluación político-moral de los grandes hombres del siglo XIX y su aptitud para ser adorados como paradigmas de la identidad nacional”.

En segundo lugar, como ha señalado Fernando Devoto, cualquier historia del nacionalismo argentino, en su sentido amplio, debe empezar con Mitre. Por esta razón es incorrecto identificarlo en su rol de historiador con la corriente historiográfica liberal (por más que Mitre haya abrazado una ideología liberal). De hecho, uno de los más duros críticos de la historia que propuso Mitre (y también de su actuación política) fue Alberdi, sin duda el exponente más brillante del liberalismo argentino. El otro gran crítico de la historia mitrista fue Saldías, que también era liberal. Podría decirse que Alberdi y Saldías fueron los primeros revisionistas, pero el revisionismo moderno nada tiene que ver con ellos excepto en su cuestionamiento de algunos aspectos de la historia mitrista, por ejemplo el ensalzamiento de Rivadavia.

Para entender las distorsiones que proponen la historia mitrista y revisionista de nuestra independencia empecemos con cuatro preguntas para las que nuestros manuales de historia nunca tienen una buena respuesta: ¿Si fuimos los argentinos fuimos los libertadores de América por qué el último territorio liberado del dominio español fue justamente uno que nos pertenecía por herencia virreinal (el Alto Perú), y, además, por un ejército comandado por un venezolano? ¿Por qué ese territorio, que en 1810 era la región más rica y más poblada del Virreinato del Río de la Plata, es un país independiente cuyo nombre honra a Bolívar y cuya capital a uno de sus lugartenientes? ¿Por qué la liberación del Alto Perú, objetivo principal de varias campañas militares que organizó el gobierno patrio a partir del 25 de mayo de 1810, fue abandonada por San Martín? ¿Por qué San Martín se dedicó a libertar a otros países en vez de libertar nuestro territorio?

El análisis objetivo y racional de los hechos y de la evidencia documental (que nuestros historiadores raramente consultan) permite derrumbar los dos mitos centrales sobre los que se edifica la historia “oficial” de la independencia argentina: que San Martín fue el «Padre de la Patria» y el «Libertador de América».

En el próximo artículo (cliquear aquí) explicaré por qué.

5 comentarios en “Los Mitos de la Independencia Argentina I

  1. Hola Emilio. Tus textos son muy interesantes y, creo, necesarios. Quisiera que estuvieran disponibles en ebook. Si te interesa, puedo realizar su publicación en Amazon o Google Books. Si no te interesa, de todos modos estoy contento por haber encontrado tu blog. ¡Saludos y felicitaciones!

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    • Hola Carlos gracias por tus comentarios. Lamentablemente la editorial todavía no publica los textos de manera digital. De cualquier manera mis escritos estan publicados tanto en este blog como en el que tengo en tumblr.com: entrelafabulaylahistoria.tumblr.com. Saludos, EO

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